La historia de México está marcada por episodios de intervención extranjera, siendo la invasión de Estados Unidos en 1846 uno de los más dolorosos. La pérdida de más de la mitad del territorio nacional no solo fue un golpe militar, sino un recordatorio de cómo las potencias buscan expandir su influencia cuando detectan debilidad política o económica. Hoy, en pleno siglo XXI, el fantasma de aquella invasión resuena en la conciencia colectiva, especialmente cuando la ciudadanía observa con inquietud los cambios que propone la llamada Cuarta Transformación.
La guerra de 1846-1848 no fue únicamente un conflicto bélico, fue la expresión de un modelo expansionista que veía en México un territorio vulnerable. La memoria de ese episodio se mantiene viva como advertencia de que las naciones poderosas no siempre recurren a las armas, sino que también utilizan la economía como herramienta de dominación.
El proyecto político de la Cuarta Transformación ha buscado redefinir las bases del Estado mexicano, con énfasis en la redistribución de recursos, el fortalecimiento de programas sociales y la centralización de decisiones estratégicas. Sin embargo, este proceso ha generado alarma en sectores de la ciudadanía que temen que las tensiones internas puedan abrir espacios de vulnerabilidad frente a presiones externas.
La inquietud no es menor, en un mundo interconectado, las guerras ya no se libran necesariamente con fusiles, sino con aranceles, sanciones, bloqueos financieros y control de mercados. La llamada “tercera guerra mundial” se perfila como un enfrentamiento económico, donde los países buscan imponer su hegemonía mediante el dominio de cadenas de suministro, energías estratégicas y tecnologías críticas.
El paralelismo entre la invasión estadounidense del siglo XIX y las tensiones actuales es revelador. En aquel entonces, México enfrentó un enemigo armado; hoy, el desafío es más sutil pero igualmente devastador, la dependencia económica y la fragilidad institucional. La Cuarta Transformación, al alterar las estructuras tradicionales, despierta tanto esperanza como temor. Para algunos, representa la posibilidad de romper con inercias históricas; para otros, abre la puerta a un escenario de incertidumbre que podría ser aprovechado por potencias extranjeras.
La lección es clara, la soberanía no se defiende únicamente con ejércitos, sino con estabilidad económica, cohesión social y claridad estratégica. Si México no logra consolidar un modelo que combine justicia social con competitividad global, corre el riesgo de repetir, en clave económica, los errores que lo llevaron a perder territorio en el pasado.
La invasión de Estados Unidos a México fue un recordatorio de que la debilidad interna siempre atrae presiones externas. Hoy, la alarma ciudadana frente a la Cuarta Transformación refleja el temor de que las tensiones políticas internas puedan dejar al país expuesto en una “tercera guerra mundial” de carácter económico. La defensa de la soberanía exige más que discursos, requiere un proyecto sólido que garantice que México no vuelva a ser campo de disputa, ni por las armas ni por los mercados.