El sarampión, una amenaza que nunca debió volver.
La vacuna existe, es segura y está disponible. Negarse a aplicarla no es un acto de libertad, sino de irresponsabilidad que pone en riesgo a los más vulnerables, niños pequeños, adultos sin esquema completo y personas inmunocomprometidas.
Por Baby Bomers
Publicado en 20/01/2026 12:07
Salud

El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa que se transmite por vía aérea, a través de pequeñas gotas de saliva que se dispersan al hablar, toser o estornudar. Su capacidad de propagación es tan elevada que basta con que una persona infectada entre en contacto con un grupo no vacunado para que el virus se expanda rápidamente. 

 

Aunque muchos lo consideran un padecimiento infantil, el sarampión puede tener consecuencias graves, fiebre alta, tos persistente, conjuntivitis, erupciones cutáneas y, en casos complicados, neumonía o encefalitis. Estas complicaciones pueden dejar secuelas permanentes en el sistema nervioso o incluso provocar la muerte. No se trata de una enfermedad menor, sino de un enemigo que aprovecha cualquier descuido social. 

 

La única forma eficaz de prevenir el sarampión es la vacunación. El esquema básico contempla la aplicación de la vacuna triple viral (sarampión, rubéola y parotiditis) en la infancia, con refuerzos posteriores. Este recurso, seguro y gratuito en los centros de salud, ha demostrado ser la herramienta más poderosa para erradicar la enfermedad. Sin embargo, la falta de cobertura completa y la desinformación han abierto grietas que el virus aprovecha para regresar. 

 

En caso de contagio, el tratamiento se centra en aliviar los síntomas, reposo, hidratación constante, control de la fiebre y vigilancia médica para detectar complicaciones. No existe un medicamento específico que elimine el virus, por lo que la atención temprana y el aislamiento del paciente son fundamentales para evitar la propagación. 

El sarampión puede dejar huellas duraderas, retraso en el desarrollo neurológico, pérdida de la visión, problemas respiratorios crónicos y debilitamiento del sistema inmunológico. Estas secuelas no solo afectan al individuo, sino que representan una carga para las familias y los sistemas de salud. 

 

El regreso del sarampión es un recordatorio doloroso de que la salud pública depende de la responsabilidad colectiva. La vacuna existe, es segura y está disponible. Negarse a aplicarla no es un acto de libertad, sino de irresponsabilidad que pone en riesgo a los más vulnerables, niños pequeños, adultos sin esquema completo y personas inmunocomprometidas. 

 

Hoy, más que nunca, debemos entender que la prevención es un deber social. El sarampión no distingue fronteras ni clases sociales; se propaga allí donde encuentra descuido. La reflexión es clara, vacunarse es proteger la vida propia y la de los demás. La indiferencia, en cambio, abre la puerta a un retroceso sanitario que México no puede permitirse. 

Comentarios
¡Comentario enviado exitosamente!

Más noticias