La temporada de estiaje ha comenzado y, con ella, el riesgo latente de incendios forestales que cada año ponen en jaque a nuestras comunidades, a la biodiversidad y a la salud pública. No se trata de un fenómeno lejano ni ajeno, basta un descuido, una colilla mal apagada o una fogata improvisada para que el fuego se extienda sin control y devore lo que nos pertenece a todos.
La prevención no es un eslogan vacío, es la diferencia entre conservar nuestros bosques y perderlos en cuestión de horas. Las autoridades, encabezadas por Protección Civil, han desplegado brigadas, capacitaciones y campañas informativas. Pero ninguna estrategia será suficiente si la ciudadanía permanece indiferente. La responsabilidad es compartida, cada habitante tiene en sus manos la posibilidad de evitar una tragedia.
El llamado es claro, no encender fogatas en zonas de riesgo, no arrojar basura que pueda convertirse en combustible, mantener limpios los terrenos y, sobre todo, reportar de inmediato cualquier indicio de incendio. La rapidez en la denuncia puede salvar hectáreas de bosque y, en muchos casos, vidas humanas.
La unión entre sociedad y gobierno es la única vía para enfrentar este desafío. Protección Civil no puede estar en cada rincón, pero sí puede contar con ojos atentos y voces responsables que alerten a tiempo. La cultura de prevención debe convertirse en hábito cotidiano, en compromiso ciudadano.
Hoy más que nunca, proteger nuestros recursos naturales es protegernos a nosotros mismos. El fuego no distingue fronteras ni propiedades; arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Por eso, la prevención de incendios forestales no es tarea de unos cuantos, sino un deber colectivo.
Que esta temporada sea distinta: que la conciencia y la acción ciudadana se impongan al descuido. Que la colaboración con Protección Civil sea ejemplo de cómo una comunidad organizada puede defender su entorno. Porque cuidar nuestros bosques es cuidar nuestra vida.